AMLO, terco, a contracorriente del mundo entero

Opinión
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Hay que reconocerle algo al Presidente de lo que dijo ayer: no ha sorprendido a nadie porque está implementando las propuestas que hizo en campaña.

Por: Leo Zuckermann

 

Cuando el presidente López Obrador terminó ayer su discurso me acordé de un viejo chiste:

Circula por el Periférico el conductor de un auto. En eso, escucha por la radio “atención, les informamos que en este momento hay un vehículo circulando en sentido contrario por el Periférico, tome usted sus precauciones”. El conductor ve hacia adelante y exclama: “¡no es uno, son un montón!”.

Ayer, el Presidente, que presume su terquedad, anunció que México enfrentará la crisis económica del coronavirus a contracorriente de lo que está haciendo la gran mayoría de los gobiernos del mundo. Es él el conductor que va en sentido contrario pensando que son los demás los que están equivocados.

Confunde neoliberalismo con keynesianismo. En lugar de estimular fiscalmente a la economía con una política contracíclica, anuncia un apretón fiscal: más austeridad gubernamental y no contratación de nueva deuda.

Recupero lo que dice Paul Krugman, un economista considerado de “izquierda” en Estados Unidos. Debido a la epidemia del coronavirus, y para evitar un contagio masivo rápido, los gobiernos han incentivado o decretado el distanciamiento social. Esto, según, el Premio Nobel de Economía, es como inducir un coma a un enfermo: desconectar ciertas funciones cerebrales para que la persona pueda recuperarse.

Varios sectores económicos, los no esenciales durante esta pandemia, han entrado en una especie de coma inducido. Han cerrado. No tendrán ingresos ni para pagar a sus trabajadores ni sus rentas ni sus impuestos ni nada. Eventualmente, cuando termine la contingencia sanitaria, volverán a operar. Pero, el coma inducido, sin ninguna ayuda extra, los puede acabar matando.

Es ahí donde entra el gobierno y su activa política fiscal. Por eso, Krugman está a favor del programa de más de dos billones de dólares que el gobierno de Estados Unidos ha aprobado para evitar la quiebra de los negocios y proteger a los trabajadores.

El gobierno estadunidense le estará inyectando apoyos fiscales equivalentes al 10.7 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) y, ya dijo la Casa Blanca y el Congreso, que si se necesitan más, los darán. El Reino Unido le está metiendo 36.5 por ciento del PIB, la Unión Europea el 6.3 por ciento, Canadá el 4.8 por ciento y Brasil el 4.5 por ciento. Estamos hablando de los más grandes apoyos fiscales de la historia en periodos de paz. Todo para salvar a la economía capitalista.

Pero nuestro gobierno va en sentido contrario. En el mejor de los casos, con lo anunciado ayer, le estarán inyectando un punto del PIB.

Los beneficiarios serán los programas sociales que se extenderán. El Presidente también habló de la inversión pública, pero en los proyectos que le interesan y que a todas luces no son rentables: aeropuerto de Santa Lucía, Tren Maya, rehabilitación de las seis refinerías de Pemex y la construcción de una nueva en Dos Bocas.

Pemex será otro beneficiario con una exención de impuestos por 65 mil millones de pesos: más dinero bueno al malo. Y también habrá créditos para pequeñas empresas familiares y de la economía informal, aunque el Presidente no informó cómo se repartirán.

Es, en suma, un programita económico del gobiernito que tenemos. Se queda muy, pero muy corto. No está a la altura de las circunstancias.

Dice el Presidente que él no es un sabelotodo. Pero, en cuestión económica, parece que sí lo es. No está dispuesto a flexibilizar sus posturas. Al revés, se empeña en seguir adelante con sus programas como si nada estuviera pasando. Al fin y al cabo, como dice, se trata de una crisis transitoria. No está entendiendo la dimensión de lo que está ocurriendo. La posibilidad de que la economía mexicana tenga su peor año de decrecimiento económico desde la Revolución.

Si es verdad que Andrés Manuel López Obrador  admira al presidente Franklin D. Roosevelt de Estados Unidos, como dijo ayer, debería estudiar a fondo las políticas de su New Deal, las cuales sacaron a ese país de la depresión económica. Me temo que está haciendo lo contrario.

Una cosa hay que reconocerle al Presidente de lo que dijo ayer: que no ha sorprendido a nadie porque está implementando la mayor parte de las propuestas que hizo durante su campaña.

Y está empeñado en seguir por este camino, a pesar de que las circunstancias han cambiado de manera radical.

Pero él está en lo suyo: vender esperanza de un futuro mejor, aunque sea el único conductor que va en sentido contrario.

 

Hay que reconocerle algo al Presidente de lo que dijo ayer: no ha sorprendido a nadie porque está implementando las propuestas que hizo en campaña.

Por: Leo Zuckermann

 

Cuando el presidente López Obrador terminó ayer su discurso me acordé de un viejo chiste:

Circula por el Periférico el conductor de un auto. En eso, escucha por la radio “atención, les informamos que en este momento hay un vehículo circulando en sentido contrario por el Periférico, tome usted sus precauciones”. El conductor ve hacia adelante y exclama: “¡no es uno, son un montón!”.

Ayer, el Presidente, que presume su terquedad, anunció que México enfrentará la crisis económica del coronavirus a contracorriente de lo que está haciendo la gran mayoría de los gobiernos del mundo. Es él el conductor que va en sentido contrario pensando que son los demás los que están equivocados.

Confunde neoliberalismo con keynesianismo. En lugar de estimular fiscalmente a la economía con una política contracíclica, anuncia un apretón fiscal: más austeridad gubernamental y no contratación de nueva deuda.

Recupero lo que dice Paul Krugman, un economista considerado de “izquierda” en Estados Unidos. Debido a la epidemia del coronavirus, y para evitar un contagio masivo rápido, los gobiernos han incentivado o decretado el distanciamiento social. Esto, según, el Premio Nobel de Economía, es como inducir un coma a un enfermo: desconectar ciertas funciones cerebrales para que la persona pueda recuperarse.

Varios sectores económicos, los no esenciales durante esta pandemia, han entrado en una especie de coma inducido. Han cerrado. No tendrán ingresos ni para pagar a sus trabajadores ni sus rentas ni sus impuestos ni nada. Eventualmente, cuando termine la contingencia sanitaria, volverán a operar. Pero, el coma inducido, sin ninguna ayuda extra, los puede acabar matando.

Es ahí donde entra el gobierno y su activa política fiscal. Por eso, Krugman está a favor del programa de más de dos billones de dólares que el gobierno de Estados Unidos ha aprobado para evitar la quiebra de los negocios y proteger a los trabajadores.

El gobierno estadunidense le estará inyectando apoyos fiscales equivalentes al 10.7 por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) y, ya dijo la Casa Blanca y el Congreso, que si se necesitan más, los darán. El Reino Unido le está metiendo 36.5 por ciento del PIB, la Unión Europea el 6.3 por ciento, Canadá el 4.8 por ciento y Brasil el 4.5 por ciento. Estamos hablando de los más grandes apoyos fiscales de la historia en periodos de paz. Todo para salvar a la economía capitalista.

Pero nuestro gobierno va en sentido contrario. En el mejor de los casos, con lo anunciado ayer, le estarán inyectando un punto del PIB.

Los beneficiarios serán los programas sociales que se extenderán. El Presidente también habló de la inversión pública, pero en los proyectos que le interesan y que a todas luces no son rentables: aeropuerto de Santa Lucía, Tren Maya, rehabilitación de las seis refinerías de Pemex y la construcción de una nueva en Dos Bocas.

Pemex será otro beneficiario con una exención de impuestos por 65 mil millones de pesos: más dinero bueno al malo. Y también habrá créditos para pequeñas empresas familiares y de la economía informal, aunque el Presidente no informó cómo se repartirán.

Es, en suma, un programita económico del gobiernito que tenemos. Se queda muy, pero muy corto. No está a la altura de las circunstancias.

Dice el Presidente que él no es un sabelotodo. Pero, en cuestión económica, parece que sí lo es. No está dispuesto a flexibilizar sus posturas. Al revés, se empeña en seguir adelante con sus programas como si nada estuviera pasando. Al fin y al cabo, como dice, se trata de una crisis transitoria. No está entendiendo la dimensión de lo que está ocurriendo. La posibilidad de que la economía mexicana tenga su peor año de decrecimiento económico desde la Revolución.

Si es verdad que Andrés Manuel López Obrador  admira al presidente Franklin D. Roosevelt de Estados Unidos, como dijo ayer, debería estudiar a fondo las políticas de su New Deal, las cuales sacaron a ese país de la depresión económica. Me temo que está haciendo lo contrario.

Una cosa hay que reconocerle al Presidente de lo que dijo ayer: que no ha sorprendido a nadie porque está implementando la mayor parte de las propuestas que hizo durante su campaña.

Y está empeñado en seguir por este camino, a pesar de que las circunstancias han cambiado de manera radical.

Pero él está en lo suyo: vender esperanza de un futuro mejor, aunque sea el único conductor que va en sentido contrario.