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Aborto y eutanasia

Por: Manuel Moreno Slagter
Recientemente en Colombia se están tomando decisiones sobre dos temas muy controvertidos, el aborto y la eutanasia. Sobre el aborto el Ministerio de Salud, acatando una orden de la Corte Constitucional, publicó hace poco el borrador de una resolución que pretende fijar parámetros, competencias y rutas de atención, un paso significativo para dejar las reglas claras. El asunto, por supuesto, desató las mismas polémicas que ha desatado desde siempre. Casi al mismo tiempo, el Congreso de la República aprobó el pasado martes, en primer debate, el proyecto de ley que reglamenta la aplicación de la eutanasia. Esto también levantó una polvareda, alienando de manera significativa los bandos que apoyan o atacan esta posibilidad. Son dos temas complicados en los que se llevan al límite, con toda razón, nuestras concepciones sobre la vida, la muerte y los derechos de las personas.
Sería muy pretencioso y atrevido tratar de explicar en una columna todas las variables que entran en juego en ambos casos, o plantear una postura definitiva. Como en muchos de los grandes dilemas morales a los que nos enfrentamos, creo que lo único que no conviene es tomar posiciones absolutas. Habrá momentos en los que abortar o practicar la eutanasia podrá parecer aceptable o atroz, nadie puede saber nunca con certeza las condiciones, circunstancias y hechos, incluyendo las convicciones religiosas, que definen la vida de los demás, y ni hablar de las situaciones espantosas a las que a veces se enfrentan quien se ven ante tales problemáticas. Cada quien deberá llegar a sus propias conclusiones, sin juzgar ni señalar demasiado.
Lo que me parece que no se puede aceptar es la trivialización o la simplificación de todo esto. Abortar no es nunca un proceso banal. Es claro que es una decisión que violenta el cuerpo de la mujer, aún en los primeros estados del embarazo, y que por lo tanto debe ser pensada con suficiente seriedad. Creo que no está bien presentarla como si se tratase de una condición cualquiera, una que se puede aliviar con una droga o una intervención inocua y que es un asunto de un fin de semana, y ya, sin mayores consecuencias. Pero además, en contra de las ideas de algunas personas, considero que los hombres si tienen algo que decir y deben opinar; desconocer esto es de necios. Algo similar sucede con la eutanasia. Aunque las motivaciones son diferentes, también supone escoger una alternativa que no tiene reversa, una vez consumada no hay remedio. Parecería entonces obvio que se deben asumir con toda la gravedad que sea posible.
Las personas nos equivocamos permanentemente, así que conviene extremar los cuidados con las cosas irreparables. Por eso no comparto la militancia tan fervorosa que se observa en estos casos, en especial sobre el aborto. Como con la pena de muerte —otro asunto muy espinoso—, conviene alejar su discusión de los terrenos pasionales, por difícil que parezca.

El Heraldo
Aborto y eutanasia

Por: Manuel Moreno Slagter
Recientemente en Colombia se están tomando decisiones sobre dos temas muy controvertidos, el aborto y la eutanasia. Sobre el aborto el Ministerio de Salud, acatando una orden de la Corte Constitucional, publicó hace poco el borrador de una resolución que pretende fijar parámetros, competencias y rutas de atención, un paso significativo para dejar las reglas claras. El asunto, por supuesto, desató las mismas polémicas que ha desatado desde siempre. Casi al mismo tiempo, el Congreso de la República aprobó el pasado martes, en primer debate, el proyecto de ley que reglamenta la aplicación de la eutanasia. Esto también levantó una polvareda, alienando de manera significativa los bandos que apoyan o atacan esta posibilidad. Son dos temas complicados en los que se llevan al límite, con toda razón, nuestras concepciones sobre la vida, la muerte y los derechos de las personas.
Sería muy pretencioso y atrevido tratar de explicar en una columna todas las variables que entran en juego en ambos casos, o plantear una postura definitiva. Como en muchos de los grandes dilemas morales a los que nos enfrentamos, creo que lo único que no conviene es tomar posiciones absolutas. Habrá momentos en los que abortar o practicar la eutanasia podrá parecer aceptable o atroz, nadie puede saber nunca con certeza las condiciones, circunstancias y hechos, incluyendo las convicciones religiosas, que definen la vida de los demás, y ni hablar de las situaciones espantosas a las que a veces se enfrentan quien se ven ante tales problemáticas. Cada quien deberá llegar a sus propias conclusiones, sin juzgar ni señalar demasiado.
Lo que me parece que no se puede aceptar es la trivialización o la simplificación de todo esto. Abortar no es nunca un proceso banal. Es claro que es una decisión que violenta el cuerpo de la mujer, aún en los primeros estados del embarazo, y que por lo tanto debe ser pensada con suficiente seriedad. Creo que no está bien presentarla como si se tratase de una condición cualquiera, una que se puede aliviar con una droga o una intervención inocua y que es un asunto de un fin de semana, y ya, sin mayores consecuencias. Pero además, en contra de las ideas de algunas personas, considero que los hombres si tienen algo que decir y deben opinar; desconocer esto es de necios. Algo similar sucede con la eutanasia. Aunque las motivaciones son diferentes, también supone escoger una alternativa que no tiene reversa, una vez consumada no hay remedio. Parecería entonces obvio que se deben asumir con toda la gravedad que sea posible.
Las personas nos equivocamos permanentemente, así que conviene extremar los cuidados con las cosas irreparables. Por eso no comparto la militancia tan fervorosa que se observa en estos casos, en especial sobre el aborto. Como con la pena de muerte —otro asunto muy espinoso—, conviene alejar su discusión de los terrenos pasionales, por difícil que parezca.

El Heraldo