Planeta danza, una programación sin objetivos claros
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Cultura
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La ebullición por experimentar, crear, enseñar y, sobre todo, bailar es algo cotidiano y, aunque los resultados no son ni por mucho los deseados, la danza va; a trompicones, pero va.

La ebullición por experimentar, crear, enseñar y, sobre todo, bailar es algo cotidiano y, aunque los resultados no son ni por mucho los deseados, la danza va; a trompicones, pero va.

Disertar sobre la danza en México en 2018 resulta una tarea titánica, imposible de sortear en buena lid. La Ciudad de México no es, por supuesto, el centro del universo dancístico, así que resaltar la centralización es, entonces, el inevitable punto de partida para valorar que hay actividades que se llevan a cabo en el país y que son desconocidas para aquellos que no pertenecen al gremio de la danza.

El “difusionismo” institucional se destacó en 2018. Esa banal necesidad de creer que promover, animar y gestionar actividades relacionadas con la danza recae en una “eventitis” en la que se programa a tontas y a locas; vamos, sin objetivos claros. Sus resultados se miden por el número de eventos programados al año o por la supuesta, y nebulosa, “atención al público”.

De esta manera, emulando a esos decadentes concursos Guinness, se convocó a “la clase de yoga más grande”, el Día de la Danza con más grupos, etcétera. Al menos en la capital de la República, actividades de este tipo resultaron patéticas.

Un ejemplo claro: la UNAM, que organizó eventos de este calado, reunió a multitudes, pero en sus funciones en la sala Miguel Covarrubias no hubo ni veinte personas en la platea; incluso en el Taller Coreográfico, que anteriormente estaba repleto, la ausencia de público es evidente. La excepción en ese rubro fue la presencia del Kibbutz Contemporary Dance de Israel, con éxito total.

El Teatro de la Danza del INBA también fue un fantasma, y es claro que eso se debió a una pésima o inexistente publicidad que se limita a enviar boletines de prensa o a convocar conferencias de prensa poco eficaces, pero también a la errática calidad de los grupos que se presentaron.

Del otro lado, el Teatro Esperanza Iris se ha venido convirtiendo desde hace tiempo en un espacio dancístico obligatorio.

En 2018, el plano internacional fue de enorme calidad, con la presencia de las compañías Hubbard Street Dance de Chicago y Les Ballets Jazz de Montreal. Ambas formaron parte del Festival Danzatlán, que organiza Elisa Carrillo.

En el primer caso existió la oportunidad de ver Decadence, obra monumental del legendario Ohad

Naharin. También en ese espacio se presentó el NDT2 de Holanda, de tesitura impecable, y Les Ballets Trockadero que son siempre un lujo.

Dentro de ese mismo festival fue espectacular la presencia de Elisa Carrillo en el Palacio de Bellas Artes, con dos de los mejores primeros bailarines del mundo, ambos recién emigrados del American Ballet Theater a la Casa de Ópera de Berlín: los connotados Marcelo Gomes y Daniil Simkin. La posibilidad de verlos —Marcelo bailando con Elisa una obra magnífica de Nacho Duato—, costaría cientos de dólares o euros en Estados Unidos o Europa.

El Festival Internacional Cervantino contó con logros impecables con grupos de la India, Eslovenia y Japón, pero sobresalió LAC, de Jean Christophe Maillot, con Les Ballets de Monte-Carlo.

Durante la temporada de grupos mexicanos, también en el Palacio de Bellas Artes, brilló el estreno producido por el INBA Ten cuidado con lo que deseas, del talentoso Francisco Córdova, un estreno de gran formato impactante con bailarines mexicanos que merecería estar programado en los mejores foros del país y el mundo y no tener sólo una función.

En esa misma temporada, en un lenguaje convencional y limpio, se presentó la compañía Contempodanza, de Cecilia Lugo; Delfos Danza Contemporánea, de Víctor Manuel Ruiz y Claudia Lavista, con la pieza experimental Manglar —del primero— y Créssida Danza Contemporánea, de Lourdes Luna.

Pero, insisto, la Ciudad de México no es el país entero. La danza también está en Tijuana, con coreógrafos como Jorge Domínguez, Henry Torres y Minerva Tapia; en Hermosillo, con Miguel Mancillas. En Campeche, con la insólita gala organizada por el primer bailarín cubano-mexicano Jorge Vega, quien tuvo lleno absoluto, con personas formadas por horas y que con tal de entrar optaron por quedarse de pie en los pasillos.

¿Qué viene para 2019? Nadie lo sabe hasta ahora.